Púa y Pía saltan al campo

por | Sep 22, 2024 | Te cuento un cuento | 0 Comentarios

Habían sido semanas de mucho trabajo. Ensayos interminables, horas y horas de deslizamientos, saltos, giros. Sudor, cansancio, agotamiento casi hasta el desmayo. El ambiente del conservatorio, siempre estricto y exigente, se había convertido en casi insoportable antes de las actuaciones navideñas. Los nervios y la tensión se podían hasta tocar.

Y ellas ya estaban hartas. Eran preciosas y delicadas, todos las admiraban, pero ser y estar siempre perfectas era aburrido. Querían embarrarse, meterse en los charcos, saborear las mieles de la victoria y aprender de cada fracaso. Había llegado el momento del cambio. Así que Púa y Pía decidieron escaparse. Ya nunca más serían punteras de ballet. A partir de ahora iban a ser botas de fútbol.

Se ataron bien sus lazos y salieron corriendo escaleras abajo. Aún no había salido el sol, pero ya se colaba algo de luz por las rendijas. Tenían claro el plan: en cuanto el hombre que limpiaba el conservatorio a primera hora empujara la puerta, saldrían de allí. Una vez fuera, tendrían que atravesar un paso de peatones, cruzar una pasarela estrecha y, después de un pequeño caminito de tierra, llegarían a su destino: el Club de Fútbol Arenaseca.

El trayecto fue más complejo de lo que esperaban. A fin de cuentas, ellas solo habían pisado baldosa y madera y las texturas nuevas no eran del todo fáciles: el asfalto era suave, similar a lo que conocían, no estaba mal; sin embargo, la pasarela era de pequeñas piedrecitas que sonaban muy bonito al pisarlas, pero que se metían por dentro y se clavaban al andar. “¡Ay! ¡Uy! ¡Ay, ay!”. El camino de tierra hizo que su raso perdiera el brillo, que su rosa se convirtiera en marrón y que su risa fuera cada vez mayor según se miraban la una a la otra.

Púa y Pía llegaron corriendo, sucias, asfixiadas, emocionadas… entre pasitos cortos, saltos y algún que otro ‘plié’ y arabescas que se les escapaban mientras caminaban. El campo ante sus punteras reforzadas. Todo para ellas. Con su césped recién regado. Con sus gradas, donde se imaginaban al público enloquecido cantando los goles y sufriendo con los penaltis. Parecía que podían oír el pitido que daba comienzo al partido y se imaginaban a un elegante y paciente árbitro vestido de negro y aguantando chaparrones.

Y en la esquina, allí a lo lejos, un balón. El sueño ya era una realidad. Allí estaba: redondo, brillante, perfecto. Caminaron despacio, señoriales, con el paso digno de los grandes momentos. Una vez más, se apretaron los lazos, respiraron hondo. Pía ejercía de pie de apoyo y Púa se echó ligeramente para atrás y con el empeine dio, con todas sus fuerzas, al centro del balón. “¡Aaaaaaaay! ¡Uuuuuuuuy! ¡Ay aaaaaaaayyyyyy!”. Parece que tampoco era sencilla la vida en los campos de fútbol.

Habían sido semanas de mucho trabajo. Entrenamientos interminables, horas y horas de bascular, de perfilarse, de jugar entre líneas. Sudor, cansancio, agotamiento casi hasta el desmayo. El ambiente de los campos de Arenaseca, siempre estricto y exigente, se había convertido en casi insoportable antes del final de la primera vuelta de la liga. Los nervios y la tensión se podían hasta tocar.

 

© Blanca Saravia