Melchor sufría dolor. Gaspar quería llorar. Y Baltasar, ¡ay Baltasar! Baltasar no sabía ni qué pensar.
Los camellos, ¡ellos!, se habían largado. Que estaban muy hartos de viajar cargados. Que con las jorobas tenían bastante. Que con los años ya no tenían el mismo aguante.
Los camellos, ¡ellos!, buscaban relax. Y así lo dijeron por un burofax: “Nos vamos, queridos. Estamos cansados. Hemos fichado un oasis. Nuestro retiro dorado. Que tiene palmeras. Que tiene frescor. Agüita clarita, precioso verdor. Nos vamos, queridos. Hasta aquí y no más. Fijo que algún reno os puede ayudar”.
Melchor sollozaba. Gaspar gemía. Baltasar, ¡ay Baltasar! Baltasar no sabía ni lo que sentía.
¿Y cómo lo harían ahora en su noche? Pero pobres niños, sin ositos, sin pinturas, sin coches. El gélido enero vendría tristón. Sus días, tan cortos, tan vacíos de ilusión. Los camellos, ¡ellos! les dejaban tirados.
Buscarse la vida, ¡ay qué complicado! Ellos eran reyes, tenían poder. Y oro, incienso y mirra… ¿y eso para qué? Sin sus jorobados estaban perdidos. Cruzar el desierto sonaba fatal. Andando imposible, volar no sabían. Los todoterrenos, ¿dónde los vendían?
Melchor gritaba. Gaspar gimoteaba. Baltasar, ¡ay Baltasar! Baltasar se desesperaba.
Hasta que una estrella de brillo infinito pasó por encima de sus coronas. Les vio tristes, mustios, marchitos. “¿Qué sucede, majestades, es esto una broma?”
Los monarcas le contaron sus problemas, sus pesares, sus terribles malestares. Los camellos, ¡ellos! se daban el piro y dejaban a los tres reyes con el alma en vilo. “Señores, que no se diga”, dijo la estrella. “¿No tienen ustedes un par de piernas? Caminen, caminen, que no viene mal. Y pedaleando acelerarán”.
Siguieron su luz por todo el desierto hasta que la arena llegó a su fin. Dudaron un rato, se lo pensaron, ¿mejor bicicleta o monopatín? Y con sus bicicletas, ¡cletas!, recorrieron mundo, pasito a pasito, pedal a pedal. Llegaron al norte, llegaron al sur, al este, al oeste, ¿y a donde estás tú?
Melchor pedaleaba. Gaspar aceleraba. Y Baltasar, ¡ay Baltasar! Baltasar ¡cómo sudaba!

